miércoles, 27 de diciembre de 2006

Testimonio de un putañero


Colaboracion de Drais:

Mientras el debate en torno a la legalización de la prostitución, Sebastian Horsley – quien dice haber tenido relaciones con más de mil prostitutas durante toda su vida – nos ofrece su controvertido testimonio respecto a la experiencia de pagar por sexo.

Guardo todavía el recibo de la prostituta con quién tuve mi primera vez. Era una chica simpática y amable, pagué por sus servicios 20 libras. Desde entonces han transcurrido 25 años y me he acostado con mujeres de todas las nacionalidad, en todas las posiciones imaginables en todo lugar donde he viajado, desde call – girls de 1,000 libras el servicio hasta callejeras de 15 libras. Calculo que he gastado alrededor de 100,000 libras en prostitutas hasta la fecha.

Por esta y otras razones me considero un doctor en prostitución, pues la he conocido y saboreado como se degusta el vino. Conozco burdeles, saunas, departamentos y muchas mujeres que van al departamento del cliente como si se pidiera una pizza. También he sido prostituto y administro un burdel. No me avergüenzo de nada, amo a las prostitutas, me interesa su mundo y me preocupo por ellas. Por eso me opongo a que se legalice la prostitución.

Los burdeles en Inglaterra son oscuros y discretos. Se puede decir que a la chica la conoces más por el método braille que la vista. En Nueva York, al contrario, los burdeles son lo contrario, las chicas desfilan ante el cliente, te saludan con un beso y se presentan. Confieso que eso me gusto mucho, me parece más emotivo y educado, pues es cómo debería ser en el mundo exterior, lleno de hipocresías y egoísmo.

¿Por qué amo la prostitución? Primero, por el placer de descubrir y la variedad que se puede encontrar. Si alguien dice que le gusta tener relaciones con una misma persona miente o nunca ha tenido sexo. De todas las perversiones sexuales, la monogamia es la más inhumana. El amor de una mujer difiere de una a otra. En un burdel tienes la oportunidad de tener una verdadera aventura.

Y es precisamente en este punto donde nace el problema de la monogamia. Los besos llevan inevitablemente a la conversación. Una vez que te enamoras lo último que quieres es echarlo a perder. Me gusta dar, no recibir. Me gusta ser el invitado, no quien invita. No me gustan las citas interminables para tan solo disfrutar las caricias de una mujer durante pocas horas. No quiero mentir a nadie diciéndole lo que no siento. Y es que las peores cosas de la vida son gratuitas. Amamos las cosas porque nos cuestan. ¿Cómo puedo amar a una mujer si ella misma no sabe cuanto vale? Cuando era joven pensaba que no importaba la persona sino que te sintieras cómodo a su lado. Ahora pienso que lo importante es la persona con quien te acuestas. Durante muchos años engañe a las mujeres con las que estuve. Con una prostituta engañas a dos personas: a tu pareja y la policía. Al resto no tiene porque importarle.

Cuando se es joven se disfruta el engaño. El sexo sin engaño no tiene sentido, sin la crueldad que implica que tu compañera no sepa que estás en la cama con otra mujer y no ella. Es la animalidad del cuerpo en su mayor expresión. Pero no hay forma de separar lo animal de lo sublime, de lo hermoso y lo divino. Tener sexo con una prostituta es como estar anestesiado, pues el dinero es anónimo y compra anónima felicidad.

Y es que lo que odio de las mujeres es que invaden tu intimidad, estrangulan a la persona en nombre de su amor. Por esta razón no me puedo encadenar a copular con una sola persona. Amar es una prisión. Yo puedo amar a una mujer y acostarme con una prostituta. Mi amor entiende eso y me manda al burdel para hacerle el amor a otras mujeres. Compartimos parejas y vamos juntos a burdeles. La amo y ella me libera de la parte oscura de su amor.

La prostituta está en la línea gris de la sociedad. Ella merece respeto por permanecer en ese lugar, y no tomar partido de los debates que giran en torno a su figura. Merece, pues, respeto y no castigo. Claro, no puedo dejar de lado que el sentimiento público es que el hombre explota a la mujer. Pero el cliente y la prostituta es la relación más pura del mundo. Los dos están en la línea gris y se hacen compañía. El, condenado por pagar por sexo. Ella, por dar ese servicio. Si, soy un bastardo putañero, pago por sexo. Pero lo hago porque la mujer moderna es una estafa, promete mucho pero da poco, rompe el contrato que la liga un hombre como si se tratara de cambiarse diariamente de panties. Una prostituta tiene que cumplir con su contrato. Esa es la diferencia del sexo por dinero y del amor por nada. Emocional y socialmente es menos doloroso pagar por sexo.

Hacer el amor con prostitutas no aburre. Es contacto personal sin intercambio de intimidad. El burdel es un paraíso artificial, anónimo, donde el dinero compra el acto de mayor intimidad. El amor convertido en lujuria, el placer por el placer mismo contra la seguridad personal. Estar en los brazos de una mujer sin realmente estar en manos de nadie.

Hace mucho tiempo quise ser como los demás pero no pude. Pago por sexo para conectarme con m animal interior. No soy de aquellos que proclama a los cuatro vientos que nunca ha pagado por tener sexo, pues lo que dicen que el dinero es más importante que el sexo.

Pero la razón principal porque disfruto de la compañía de las prostitutas es romper la ley. Si los prostibulos fueran legales, se perdería ese encanto. Lo ilegal es deseable. Adán no comió la manzana por ser una simple manzana, sino porque no podía comerla.


Las chicas se oponen la legalización porque les quitaría un elemento central de su vida: el riesgo. Freud dijo: “ La vida pierde interés cuando la supervivencia no está en juego, porque no se puede vivir sin riesgos”. Así, pues, el riesgo es lo nos hace vivir, no el tedio. Claudia, mi favorita, a quien conocí callejeando en Knigthsbridge, hace 10 años, una hermosa chica de clásica belleza inglesa, aparentemente fría pero fogosa en la intimidad, me dice: “ No se debe legalizar la prostitución. Hace unos meses intenté trabajar y no gané nada. Callejeando gano 500 libras en un buen día. No tengo que mantener a un caficho, tan sólo a la sirviente y eso es todo. Estoy mejor así que protegida por la ley. Después de todo, el pago de impuestos crea más mentirosos que la prostitución”.

Claudia no miente porque conozco el negocio del otro lado. He sido caficho y prostituto. Lo fui por amor y no por dinero. Mis clientas querían compañía en sus horas más solitarias, sexo normal. Fue una experiencia interesante porque aprendí mucho más sobre las mujeres, pues debía satisfacerlas.


¿Qué piensan de mi ahora? Personalmente, pienso que tengo el alma de prostituta. Si para el resto de la sociedad la prostitución es el espejo del hombre, y si este nunca ha corrido el riesgo de perderse en su propia imagen, ¿por qué no dejar en paz a las prostitutas?. O, como yo lo he hecho, amar a una mujer como yo lo hago. Para mi el sexo es más importante que el dinero, pero no me quepa la menor duda que sin este último elemento sería un juego sin encanto. Por eso pienso que la prostitución no debe ser legalizada.

Los borrachos y las prostitutas saben perfectamente que el sentido común es enemigo del romance. La prostitución debe seguir siendo ilícita porque es el último resquicio de romanticismo que nos han dejado los burócratas y los políticos. La gente lo sabe y por eso idolatra a los ladrones y las prostitutas. La calle es un lugar peligroso y concientemente la evitamos. Sin embargo, en el fondo de nosotros mismo, ¿ no nos sentimos atraídos por ella? Algún día dejaré la seguridad de mi casa y tomaré ese camino. Hasta entonces seguiré pagando por sexo. La prostitución es obscena, deshumanizadora y desgraciada, pero acaso, ¿ no todos somos así?.

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